—Me estás matando —dijo en voz baja él contra sus labios, con la voz tensa por el esfuerzo—. Pero me encanta. Me encanta cómo me haces sentir.Ella sonrió y lo atrajo más cerca.—Entonces siénteme toda.A Aurelian se le escapó un gemido grave y atormentado, y volvió a besarla. Esta vez, el beso fue más lento, más sensual. Las manos de Aurelian le recorrieron el cuerpo con reverencia; trazaron la curva de su cintura, se posaron sobre sus pechos por encima de la seda y sus pulgares le rozaron los pezones hasta que ella gimió contra su boca.Se movieron así, juntos, sin prisa, disfrutando de esa conexión. Él movía las caderas contra las de ella con una lentitud torturante, avivando el deseo sin cruzar la última línea. Mercy jadeaba y gemía debajo de él mientras le recorría con las manos la espalda, los hombros y los músculos firmes del pecho.Mercy cambió de posición y, con un esfuerzo, consiguió que giraran. Aurelian se lo permitió, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, hasta que el
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