—No… Alexander. Me equivoqué. No debería haber dicho esas cosas… Solo lo dije por Yvonne. Te odio, sí, pero esa no fue la razón real… Yo también tengo corazón. ¿Cómo podría seguir odiándote…?Alexander tenía una mano en el bolsillo. No se movió, pero tampoco la apartó.—¿No dijiste que no podías olvidarlo? —preguntó con frialdad.Maya sollozó.—No. Eso es mentira. No tengo nada que ver con él desde aquella vez en el extranjero. La única persona a mi lado ahora eres tú… solo tú, Alexander. Eres la única persona en mi corazón.El cuerpo de Alexander se tensó de repente; incluso sus pupilas negras se contrajeron, dejando ver un destello peligroso.Sacó la mano del bolsillo, le sujetó la barbilla y le levantó el rostro, obligándola a mirarlo.Sus ojos eran tan afilados como cuchillas, perforando las pupilas de Maya.—¿Solo yo?—Sí. No hay nadie más —respondió ella, temblando, con lágrimas en los ojos.—Bésame.La nuez de Adán de Alexander se movió al hablar. Su voz era profunda, ronca y a
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