El vestíbulo principal de la mansión Montesco estaba sumido en un silencio tan absoluto que podía oír el siseo de las llamas en las chimeneas de mármol. Nicolás me guio hasta el centro del salón, justo frente a la escalinata donde el patriarca observaba desde las sombras del rellano superior. La presión de las hileras de gente a nuestro alrededor era asfixiante, pero Nicolás no se detuvo hasta que estuvimos en el punto más visible.De repente, su mano se soltó de la mía y el aire a nuestro alrededor pareció cargarse de estática. Su postura se volvió rígida, imponente, y cuando habló, su voz no fue un grito, sino un rugido contenido que vibró en las paredes.— Mírenla bien — sentenció, y vi cómo varios de los hombres de la primera fila se estremecían — Miren a la mujer que este clan juró proteger y a la que todos ustedes le dieron la espalda.Nicolás empezó a caminar frente a las hileras, como un depredador evaluando a su presa. Su mirada de fuego recorría a los ejecutivos, a los guard
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