PUNTO DE VISTA DE TERESAPara cuando el hospital finalmente nos dijo que nos fuéramos a casa porque esa noche ya no podíamos hacer nada más y que nos llamarían si algo cambiaba, eran casi las dos de la mañana y Lucía había llorado hasta quedar en un silencio agotado que, de alguna manera, era peor que el llanto.La cargué hasta mi viejo Honda en el estacionamiento, con sus brazos alrededor de mi cuello y su rostro apretado contra mi hombro, y la abroché en el asiento trasero, donde inmediatamente se hizo un ovillo y cerró los ojos. No se durmió de verdad, lo sabía por cómo su respiración seguía irregular y superficial, pero tampoco dijo nada mientras conducía por las calles vacías hacia casa.El trayecto de vuelta a nuestra pequeña casa duró veinte minutos que se sintieron como horas; mi mente repetía una y otra vez todo lo que había pasado hasta que pensé que podría enloquecer. La boda, Lucía irrumpiendo por esas puertas, Rafael arrodillándose frente a ella, la bofetada de Belén, el
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