Imara sonrió viendo al pequeño Issac lanzar una diatriba de balbuceos sin sentido, unos a los ella asintió con una sonrisa. Issac no era el niño más activo de la tierra, pero solía sonreír y mover sus manitos el tiempo suficiente para hacerla sentir totalmente feliz al respecto.Después de todo lo que habían pasado, agradecía el simple hecho de tenerlo entre sus brazos. Issac era un pequeño milagro, el último de su clase. Y ella debía protegerlo a toda costa, ayudarlo a crecer y desarrollar sus dones.Asegurarse que no terminara como ella: enredada entre cadenas, miedo y profunda desesperación.—Estaremos bien —suspiró por lo bajo, tomando la manita de Issac y dejando un beso en su frente disfrutando del paseo.Imara frunció el ceño y alzó la vista, viendo un pequeño grupo de mujeres mayores que susurraban algo sin apartar la mirada de su persona.«Aquí vamos otra vez,» pensó. Ella podría sonreír y menear la cabeza como si no le importara. La verdad, los lobos –en su mayoría–le parecí
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