Alejandro permanecía sentado, inquieto, incapaz de quedarse quieto demasiado tiempo en un mismo lugar. A ratos se levantaba, caminaba hasta la puerta de la sala de cuidados y luego volvía sobre sus pasos, como si aquellos pocos metros pudieran darle alguna certeza. Detrás del cristal, su madre yacía débil, con el oxígeno cubriéndole la nariz y la boca. La escena le resultaba extraña, asfixiante, demasiado dolorosa para aceptarla.En toda su vida, Alejandro jamás había visto a Doña Beatriz Cruz de Herrera en un estado así, tan frágil, tan indefensa. Algo le aplastaba el pecho, una culpa despiadada que no dejaba de atormentarlo. Incluso la importante reunión a la que debía asistir para salvar una alianza empresarial que empezaba a tambalearse la había abandonado sin pensarlo dos veces. En ese momento, nada era más importante que su madre.Y eso era precisamente lo que más lo perturbaba. Hasta entonces, la salud de ella nunca había sido motivo de preocupación. El médico de la familia sie
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