Se levantó muy de mañana, dejando a la joven mujer dormida, cubierta con nada más que una suave sábana. Se sentía un poco aturdido. Pasaron seis días desde que comenzó su luna de miel y en ningún momento dejó de pensar en ella, en su cuerpo y en lo placentero que era estar pegado a su piel. Sonrió ante las palabras que la joven le soltó luego de tres sesiones de pasión en la noche.—¿Otra vez?—Ya te había dicho que me vuelves loco.—Claro… pero ya no puedo —le dijo, cerrando los ojos.—¿Te rindes?—Ya, duérmete —le exigió, empujando su pecho hacia la cama.Había tenido maratones sexuales con sus anteriores parejas y amantes, pero jamás sintió esa locura, esa desesperación por oler su piel, acariciarla, verla llegar al clímax que él era capaz de ofrecerle y el momento en el que su mundo cambiaba drásticamente, volviéndose como un loco cuando entraba en ella. El placer, el éxtasis que su propio cuerpo experimentaba y no quería soltar, como si ella fuera una especie de droga que lo aliv
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