CAPÍTULO 66 – El pacto del cazador — Algo nos sigue —susurró Kerana, sus ojos ámbar escaneando la penumbra— No es el viento, Tao. Es un peso en el aire.Tao cerró los ojos y expandió su don. Su mente se sumergió en el bosque como una sonda, buscando el latido, el pensamiento, la chispa de conciencia. Pero lo que encontró lo dejó frío. No era la estática desordenada de un animal, ni el ruido mental caótico de un humano. Era un vacío activo. Alguien estaba bloqueando su rastro mental con una disciplina que solo se adquiría con décadas de práctica.— No es un humano —dijo Tao, su voz bajando a un registro gutural— Y tampoco es una máquina de Ardeón. Es un depredador. Uno de los nuestros.De entre las sombras de un pino centenario, a unos veinte metros, emergió una presencia. No hubo crujido de hojas, ni el roce de una tela. Simplemente, la oscuridad se moldeó para dar paso a una figura alta, fibrosa, vestida con cueros curtidos y una capucha que ocultaba sus facciones. En su mano izquie
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