CAPÍTULO 62 – La fragilidad del mandoArasy terminaba de colocar los platos sobre la mesa principal en la cabaña del alfa. Iker ya estaba sentado en la cabecera, con la espalda tan rígida como si estuviera tallada en piedra, observando el vacío con una intensidad que habría intimidado a cualquiera que no fuera de su propia sangre.Poco a poco, los hermanos fueron ocupando sus lugares. Atuel se sentó a la derecha de su padre, asumiendo con pesadez el rol de heredero y estratega que la crisis le exigía. Tupã, Kuarahy y Aña se acomodaron en silencio, con los rostros endurecidos por una mezcla de rabia contenida y agotamiento.Sin embargo, el vacío en la mesa era ensordecedor. Tres sillas permanecían desocupadas, como heridas abiertas en la estructura familiar. La silla de Yvyra, que se negaba a salir de su cabaña desde el enfrentamiento en la plaza; la silla vacía de Irupe, cuyo nombre ya nadie se atrevía a pronunciar en voz alta; y la silla de Tao, quien se encontraba vigilando a Kerana
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