Estos últimos días, antes de volver a Nueva York, hemos pasado unos días maravillosos. Trabajamos como bestias en la obra y en la oficina en el día y en las noches disfrutábamos de ser una pareja “relativamente normal” en las noches. Más allá de los jueguitos, en que mi arpía me hacía ver las estrellas con sus manos y su boca, no habíamos pasado, pues ella, cada vez que intentaba hacerle algo se tensaba. Pero esta noche quería hacerla sentir distinto y fue así que la invité a salir. A las nueve de la noche le pedí estar lista, quería que pasáramos una velada inolvidable. —Ya estoy lista. Y diablos que si lo estaba, se puso un vestido rojo que le quedaba como un guante a esa hermosa figura de reloj de arena que se trae. —Te ves hermosa, arpía. —Gracias, tú no te quedas atrás, me gusta que andes sin corbata. —Pues será mejor que bajemos, ya está la reserva lista. —¿Y qué haremos? —Sorpresa, querida arpía, déjate llevar—suspiró un tanto resignada y tomó su bolso. —Está bien, d
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