MichelLas estaciones han pasado. Y, sin embargo, cada mañana tengo la sensación de despertar dentro de un milagro frágil. Ella está aquí. Lucia. No es un espejismo, ni un sueño que se derrumba con la luz del día. Está aquí, contra mí, en nuestra cama, su calor anclado en mis sábanas, su respiración como un punto de referencia. Y en su vientre, ahora, crece la prueba viviente de que nos atrevimos. De que resistimos. De que la vida, a pesar de todo, eligió aferrarse a nosotros.Permanezco largo rato observándola. Todavía duerme, recostada de lado, con un brazo abandonado sobre la manta. Su cabello se esparce sobre la almohada como tinta oscura, enredado, indomable. Su respiración es profunda, regular, una música íntima que podría escuchar durante horas. La pálida luz del amanecer roza sus rasgos, dibujando sombras suaves sobre sus párpados cerrados.Extiendo la mano. Tiembla un poco, como cada vez. Mi palma se posa sobre la curva de su vientre, y al instante una oleada me atraviesa. Es
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