La sala de exhibición de patrimonio del edificio Franzani nunca había sido pasarela.Era un espacio rectangular de doscientos metros cuadrados en la planta baja del ala norte: techos altos, iluminación de museo, el suelo de terrazo oscuro que absorbía la luz en lugar de reflejarla y que hacía que lo que se exhibía en él flotara ligeramente sobre el espacio. Diseñado para que las prendas históricas existieran sin competencia visual.Ese martes, cuatro semanas antes del vuelo a Milán, era pasarela.Las sillas en dos filas a cada lado del recorrido central. Veinte personas en total. No los ciento veinte del desfile de Milán. Veinte: Vera Calvo con su tablet y su cuaderno. Valentina Roca del fondo B. Enric Puig en representación del consejo. El equipo de diseño al completo, sentados al fondo. Y en la última silla de la última fila, al lado de la pared, Matteo.No era una presentación pública. Era el ensayo general para lo que vendría en tres semanas en la sala Tortona.Las luces bajaron.
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