La noche había caído sobre la ciudad como un manto de terciopelo oscuro, y en el apartamento de Dmitri Volkov reinaba un silencio denso, casi tangible. Las luces permanecían apagadas excepto por el resplandor mortecino que se filtraba desde la cocina, proyectando sombras alargadas sobre las paredes del salón.Dmitri estaba sentado en el sofá de cuero negro, hundido en la penumbra, con un vaso de whisky entre las manos. No lo había probado. Llevaba más de una hora observando el líquido ámbar, viendo cómo la luz tenue arrancaba destellos dorados de su superficie. El hielo se había derretido hacía tiempo, diluyendo el alcohol hasta convertirlo en algo insípido, pero él no se había movido para servirse otro.La escena con Danna seguía repitiéndose en su mente como una grabación en bucle. Cada palabra que le había dicho, cada gesto despectivo,
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