La limusina negra atravesó las calles de Moscú como una sombra silenciosa, alejándose del aeropuerto mientras el sol comenzaba a descender en el horizonte invernal. Dmitri Volkov observaba por la ventana tintada, su rostro impasible reflejado contra el cristal, los dedos tamborileando un ritmo irregular sobre el reposabrazos de cuero. Habían pasado cuatro días desde que ella partiera. Cuatro días que se habían extendido como una eternidad, cada hora marcada por la ausencia que se había instalado en cada rincón de su existencia. La había dejado ir. Había cumplido su palabra, manteniéndose alejado mientras ella regresaba a su vida anterior, a ese mundo que él había interrumpido con la fuerza de un tornado.Pero Dmitri Volkov no era un hombre que aceptara la derrota. Y aquella despedida en el aeropuerto, por más definitiva que ella hubiera intentado que sonara, n
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