El cementerio se extendía bajo el sol implacable de la una y cuarenta y un minutos de la tarde, sus lápidas blancas como dientes rotos en una mandíbula de arena. Mariana sintió el peso de ocho miras telescópicas clavándose en su espalda mientras observaba a Tariq, de pie junto a la tumba de Laila, con una pistola que reflejaba la luz como una promesa de violencia.—Una orden y muere —murmuró Hassan junto a ella, su voz tensa como alambre a punto de romperse.La mano de Khaled apretaba su brazo con fuerza suficiente para dejar marcas. Los francotiradores esperaban, dedos sobre gatillos, respiraciones contenidas. El mundo se había reducido a este momento: tres personas, doscientos metros de distancia, y una verdad que aún no tenía forma.—Esperen —dijo Mariana.—¿Esperar qué? —Hassan giró hacia ella, incredulidad pintada en cada l&i
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