La fiesta afuera era un rugido de opulencia, pero para Amanda, el sonido se había convertido en un zumbido blanco y asfixiante. Cada segundo bajo la mirada de Alejandro y el juicio de los invitados era una tortura. Máximo, percibiendo que Amanda estaba al borde del colapso, se inclinó hacia ella. Su cercanía fue como un ancla en medio de la tempestad; su aliento rozó su cuello, enviando una descarga de calor que, por un instante, logró disipar el frío gélido que Alejandro había sembrado en su piel. —Voy al baño de la oficina de Victoria, aquí abajo. No tardaré nada —le susurró con una voz cargada de una ternura que solo reservaba para ella—. Sebastián se quedará a tu lado hasta que vuelva. En cuanto regrese, nos largamos de este lugar. Amanda asintió, aferrándose a la promesa de libertad. Máximo caminó con paso firme hacia el despacho privado de su madre, un santuario de mármol y maderas oscuras que apestaba al perfume caro y a la ambición de Victoria. Tras usar el baño, Máximo sa
Leer más