Jesús me guía de vuelta al restaurante con su mano aún enredada en la mía. Sus dedos son una disculpa tácita, un reconocimiento de que ha cruzado una línea. Cuando retomamos nuestros asientos, la mesa sigue igual.Jesús no aparta la mirada de mí. Cada pocos segundos, sus ojos escudriñan mi rostro, buscando señales de mi desgano al mover la comida en el plato con el tenedor.—Camila, ya basta —dice finalmente, dejando sus cubiertos con un golpe seco sobre la porcelana—. Perdóname. No quiero que por mi culpa se arruine esta noche después de tantos días sin vernos.Levanto la vista y encuentro sus ojos, esos ojos que han visto cada rincón de mi cuerpo y de mi alma. Hay algo genuino en su tono, un cansancio que no es fingido. Por lo menos es capaz de asumir su culpa, pienso, y eso, aunque pequeño, es un comienzo.—Solo he perdido un poco el apetito —respondo, y mi voz suena más suave de lo que pretendía. La rabia aún burbujea en algún lugar profundo de mi pecho, pero París, la Torre Eiffe
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