EpílogoEl tiempo no avanzó como una línea recta después de todo lo ocurrido. No hubo un “después” inmediato que lo ordenara todo, ni una claridad repentina que acomodara cada pieza en su lugar.Lo que hubo fue algo más humano, más real: días que parecían normales y, de pronto, recuerdos que irrumpían sin aviso; decisiones pequeñas que, con el paso del tiempo, comenzaron a construir algo parecido a una nueva vida.La historia no terminó el día en que Carlos cayó. Tampoco el día de la boda.Continuó, como continúan todas las cosas importantes: en silencio, en los detalles, en lo que cada uno eligió hacer con lo que quedó.Gabriel e Isabela no volvieron a la ciudad.No porque huyeran, sino porque ya no les pertenecía ese lugar.Se quedaron cerca del mar, en una casa que no tenía nada de extraordinario, pero que poco a poco fue llenándose de cosas que sí lo eran: rutinas compartidas, conversaciones sin prisa, silencios cómodos.Gabriel aprendió a vivir sin la necesidad constante de antic
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