Es increíble lo rápido que pasa el tiempo estando dentro de las paredes de una habitación de hospital. Dos semanas transcurrieron rápidamente y con ellas mi período de estadía en este sitio. Quitaron mi yeso y me dieron el alta. Alfred me ofreció ir a casa durante el tiempo que durara mi rehabilitación —los médicos me habían orientado varios ejercicios y fisioterapia para poder caminar poco a poco—, debía permanecer en Seattle, así que decidí aceptar su propuesta.Los primeros días fueron bastante incómodos y la tensión en la casa solo disminuía cuando mis amigos venían a visitarme o cuando estaba Angie. Mi madre, o mejor, Lara, ni siquiera me miraba, pasaba por mi lado como si no existiese y me dolía su rechazo, aunque yo no tuviese la culpa de nada. Alfred intentaba todo el tiempo que me sintiese cómoda pero era algo imposible dada las circunstancias. Mi hermana había comenzado terapia y según ella estaba bastante bien, aunque yo seguía notando actitudes raras en su forma de actuar
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