El viento ya no me suena a amenaza.Eso es lo primero que noto.Se cuela entre los árboles, mueve las telas blancas atadas a las sillas, roza mi vestido sencillo como si solo quisiera jugar, no advertir. Antes, cualquier ruido fuerte me habría tensado los hombros, preparado la mente para correr, para esconderme, para sobrevivir. Hoy respiro hondo… y el aire entra limpio, sin miedo.Nunca pensé que la paz tuviera sonido. Y, sin embargo, aquí está: en las risas bajas de los pocos invitados, en el murmullo lejano del lago, en el crujido de la madera de esta casa alejada de la ciudad que ahora también es hogar.Nuestra casa.Aprieto el ramo entre los dedos, flores silvestres que yo misma elegí esta mañana. No combinan perfecto. No son lujosas. Pero están vivas, y eso me parece más importante que cualquier otra cosa.Mamá está sentada en la primera fila. Se ve más fuerte, el color ha vuelto a su rostro, y aunque a veces la sorprendo mirándome como si aún temiera que desaparezca, hoy sonríe
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