Javier, todavía más pálido, tambaleó, como si fuera a caerse.Apoyada en los brazos de "Darío", le dije, inexpresiva:—Vete. Aquí vivo bien, no necesito que me salven. Si algún día ves a Mateo, dile que no venga a molestar mi vida. Me costó mucho aferrarme a Darío para poder seguir viva, así que, de verdad, no vuelvan a meterse.Javier me miró, lleno de dolor:—¿Me culpas a mí… y también a él? ¿Porque no llegamos a tiempo para salvarte, terminaste así… verdad?—Sí —le contesté con indiferencia—. Ya es muy tarde para todo. Así que lárgate. De verdad, no quiero verte.Javier era terco. Había dicho palabras crueles, le había ordenado irse varias veces, pero seguía quieto, mirándome con culpa y dolor. Empezó a irritarme; me estaba obligando a usar mi última carta.Con toda la intención, le rodeé el cuello a "Darío" y le besé la boca, la mandíbula, el cuello…Él me miraba fijamente, con sus ojos oscuros.No sabía si era para mantener su papel, pero de repente apretó mi cintura y me presionó
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