El viento de la tarde soplaba con una inusitada y fresca suavidad sobre la gran terraza del piso ochenta y ocho, agitando ligeramente las solapas del sastre oscuro de Luisa y la chaqueta ejecutiva de Dominique. Habían pasado exactamente seis meses desde la firma histórica del decreto de ratificación global que reestructuró por completo los cimientos de la Torre Ferré y de la metrópoli entera. En las calles, en los bulliciosos bulevares del Distrito Central y en las otrora olvidadas estaciones de los distritos periféricos, el pulso de la vida transcurría sin el eco opresivo de las sirenas de alerta, ni los controles militares arbitrarios, ni la amenaza latente de los conflictos armados que durante décadas habían definido la supervivencia en el hemisferio.Luisa apoyaba las manos sobre el barandal de cristal templado, contemplando el perfil inmenso de la ciudad que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. La neblina artificial y densa que durante generaciones había ahogado el cielo d
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