Miley, con el alma desgarrada por la firmeza de Liam y asfixiada por la implacable presión de su padre, tomó la decisión de regresar a su realidad. Sin embargo, antes de subir al transporte que la alejaría de Santa Elena, caminó con paso pesado hacia el consultorio improvisado. Liam se encontraba de espaldas, fingiendo una absoluta concentración mientras ordenaba unos frascos de medicamentos para ocultar el temblor de sus manos. —¿Sabes?... Pensé que me amabas —le dijo Miley, con una tristeza que calaba los huesos. —Te amo —respondió él de inmediato, sin girarse, con la voz ahogada por un nudo en la garganta. —¿Entonces por qué no vienes conmigo? —inquirió ella, dando un paso al frente, con los ojos cristalizados. Liam soltó los frascos y se dio la vuelta despacio, sosteniéndole la mirada con una seriedad melancólica. —Porque allá afuera no hay nada real, Miley. Tú y yo vemos la vida de formas muy diferentes y, aunque nos amamos con el corazón, no pensamos igual. —Tienes mi
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