Intentó moverse, pero un par de brazos se lo impidieron. Noa abrió sus ojos con pesadez; los primeros rayos de sol eran muy fuertes para sus ojos. Se volvió a acurrucar, plácida, ignorando todo a su alrededor. Ella solo quería seguir durmiendo. Minutos después, abrió sus ojos. Se incorporó de manera abrupta, mirando todo en el lugar. Esa no era su habitación. Giró lentamente su cuerpo, miró por encima del hombro y ahí lo vio acostado junto a ella. Dio todo de su parte para no pegar un grito de sorpresa. Él la miraba callado. No sabía qué decirle a la chica, aunque, siendo honesto, la situación, aunque extraña, no le incomodaba en absoluto. —Buenos días, Noa —habló, en tono calmo. —Buenos días, señor —respondió la nombrada, con un leve tartamudeo en su voz. Rió ante el notorio nerviosismo de la pelinegra, que, al verlo, abrió sus ojos al máximo. Rápidamente cubrió su cuerpo con las sábanas. Su actitud distaba mucho de la mujer que estuvo anoche con él. La Noa de ahora era una mujer
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