Mañana Agitada 31.
—¿Qué hice? —se preguntaba el rubio, confuso por lo que acababa de suceder. No tenía atracción alguna por la niñera. Noa solo era la niñera. ¿Ahora qué le diría? O peor aún, ¿cómo miraría ahora a la muchacha a la cara?—, lo mejor será pedir disculpas.
Entró a su habitación, cerró con seguro, apoyó su espalda a la puerta. «Noa, eso no está bien y lo sabes», pensó, caminando a su cama para acto seguido tirarse con pesadez en la misma. Llevó sus dedos a sus labios con suavidad, recordando el beso