EsmeraldaHasta el momento, todo había salido a pedir de boca. Habíamos paseado, conversado y ahora estábamos cenando. Todo era hermoso, exclusivo y, a decir verdad, demasiado lujoso para mi gusto. Sin embargo, él fue quien me invitó y se había esforzado por hacer de esta velada algo perfecto. Eso se lo debía, o más bien, me gustaba que sintiera que debía brindarme lo mejor. Mi amor propio lo aplaudía de pie y vitoreando, como un camionero, o como Rubí y Diamante lo hacen cuando salimos de compras.Reí sin querer, y él tomó mi mano mientras preguntaba:—¿Cómo está todo? —A lo que respondí positivamente.La verdad es que su compañía me agradaba. Íker me había demostrado que no solo era un excéntrico millonario rodeado de lujos y derroche, sino un empresario inteligente, con sentido común, los pies en la tierra y que anteponía a su familia por encima de todo. Eso era algo digno de admiración.Cuando estábamos a punto de terminar la cena, se me ocurrió algo que quería proponerle.—Todo es
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