Capítulo 5

Semanas después…

Restaurante Palermo.

Ella me frustra.

Después de ese día no nos vimos por algunas semanas. Ella desapareció de todos lados y simplemente nadie puedo encontrarla. Todavía tenemos asuntos importantes que tratar y por solo minutos llegué a sentirme ansioso, más que todo porque no quiero perder a la única persona que puede saber quién es el hombre que asesinó a mi hermana menor.

Desconfío plenamente de ella, pero algo que me enseñó la mafia desde que me inicié en este mundo, es que, a tus enemigos y amigos, debes tenerlos en el mismo saco. Ninguno sabe cuál de ellos te dará la puñalada en la espalda con una traición.

Ella está en una pequeña línea entre la traición y lealtad.

El problema aquí es que la lealtad no me la tiene a mí.

¿Razones para desconfiar? Muchas.

Estaba esperando a que la señorita decidiera hacer acto de presencia en el restaurante que me citó. Aunque investigué este lugar, no encontré nada relevante, solo me molesta no saber su paradero de estos días. La miro que viene a toda prisa y me hace reír porque llega tarde por asuntos que no puede comentar. Su cabello castaño viene suelto y no me había percatado de su apariencia, pero es liso con destellos claros, su rostro es redondo y tiene unos cachetes regordetes, sus labios son gruesos y sus cejas están en perfecto orden. Viene vestida con un jogger negro, unas converse y una camisa que dice Nirvana.

Todo lo opuesto a las muñecas de la mafia.

Una niña le entrega un papel y ella sonríe al verlo, alzo una ceja al ver que un tipo sonríe cuando la niña se marcha.

¿Está ligando con ella por medio de una niña de 10 años?

—Lamento la tardanza. Estuve ocupada —dice, cuando llega a donde estaba yo, arrastra la silla hacia atrás y toma asiento.

Ya descubriré en qué.

—No pasa nada. Llegué hace unos minutos —miento, realmente soy puntual. No tengo el suficiente tiempo para perderlo—. ¿Todo bien con los asuntos que no puedes contarme? —ella sonríe falsamente—. No tengo mucho tiempo para seguir regalando. Dijiste que necesitabas hablar conmigo y aquí estoy.

—¿Tenemos que casarnos? —alzo la ceja izquierda—. Según tú, soy tu prometida, pero necesito saber si es necesario casarnos. Nos hemos visto tres veces, tengo familia y ninguno creerá que me enamoré a primera vista.

—Es necesario casarnos para que todo sea más creíble —me cruzo de brazos, cuando apoyo mi espalda en la silla—. Tenemos nuestros métodos para hacer funcionar las cosas. Prometo dejarte ir cuando todo se calme.

O cuando tenga mi objetivo.

—Tienen métodos inútiles e invasivos —me reprocha—. Ni siquiera me dejas tener algún tipo de opinión.

Me encojo de hombros restándole importancia. Aunque a las únicas que les permito tener un poco más de libertad de expresión es a mi madre y Alessandra, por obtener información de Ada, podría dejarla ser un poco más liberal.

—¿Qué te dio la niña en ese papel? —me mira con confusión—. El hombre que está allá no hace más que comerte con la mirada.

Ella se ríe.

—Vi a una mujer sentada aquí antes de que te dieras cuenta de mi existencia —responde con sarcasmo—. Si vamos a jugar este juego debes respetarme, aunque no esté presente. Porque fácilmente puedo hacer lo mismo —sonrío—. La niña solo me entregó un volante para que fuera al hospital de niños con cáncer a verla bailar.

—Bella, no me salgas con esas cosas porque puedes poner en peligro la vida de quien se meta contigo —le guiño un ojo—, pero creo que te lo dije antes, para mí la famiglia va primero. Te debo lealtad al ser mi mujer y con la misma moneda debes pagarme.

Entrecierra los ojos y suelta una risita para después asentir.

Tus ojos me dicen que eres leal, pero no conmigo, bella.

—¿Qué otros asuntos nos faltan por aclarar? —aparta la mirada—. No me veas así que me haces sentir incómoda.

Sonrío nuevamente.

—Nos tenemos y nos vamos a casar, quieras o no —hace mala cara, le muestro mi celular con algunos puntos que debíamos tratar—. Firmaremos un acuerdo donde no te veas involucrada con nosotros. No recibirás mi dinero como Capo, solo tendrás lo que harás cuando estés con Alessandra y recibirás una herencia de un familiar lejano que murió. De esa manera podrás justificar el dinero que recibirás por el contrato conmigo.

—No quiero tu dinero —responde después de reírse—. Dinero lleno de sangre y robado. Un dinero asqueroso y quien sabe cómo lo habrías conseguido.

—Pero este asqueroso dinero estará en tu bolsillo al terminar esto —coloco mis codos en la mesa—. Te guste o no, estarás en esto y recibirás tu cochina parte. No somos tan diferentes cuando queremos y necesitamos conseguir las cosas, Ada. En esta vida todo tiene un valor y tú te vendiste por uno muy caro.

—Lo hice por mi propia seguridad —replica.

—Como sea, pero lo hiciste —respondo.

Se levanta de la silla con enojo y lanza el celular en la mesa.

—Eres un Bastardo —escupe con rabia.

—Lo sé y realmente soy bueno en esto, pero si llegas a abandonar este lugar o simplemente dejas las cosas conmigo a medias, la linda criaturita que viaja contigo, será testigo de tus malas decisiones.

—Maldito Bastardo, no sabes cuanto te desprecio —presiona sus puños antes de volverse a sentar—. Te juro que te mato si le llegas a hacer algo.

Su rostro asustado me da mucha ternura.

—Lo sé y no me importa. Solo te estoy dando las indicaciones correspondientes para que vivas una vida feliz y plena con tu gente, bella —presiona sus labios.

—Lo haré, igualmente ya firmé hace unos días —responde de mala gana, ve a un mesero que con una sonrisa nos ofrece el menú—. Solo quiero la especialidad de la casa para llevar y en porciones de tres.

—¿Está eso bien? —me mira el joven y asiento—. Se lo traeré en unos minutos.

Supongo que todo eso será para la niña y su amiga. Me molesta el hecho de que a pesar de todos mis esfuerzos, mi gente no ha dado con su ubicación real.

Es tan frustrante.

—¿Hay alguna otra cosa que deba saber? —suspira y ve el reloj, le señalo el celular para que continúe leyendo—. Cuanta alegría, aún hay más. Eres un Capo muy eficiente, por eso eres un imbécil.

Disfruto su lengua afilada para decirme cosas bonitas.

Me siento halagado.

—Tendrás una vida de privilegios por ser amiga de Alessandra. Ella estará contigo todo el tiempo y harás el trabajo que te dijo. Cuando sea necesario actuaras como mi mujer y mostraras tu cara bonita en los bailes importantes de la ciudad. Tengo una vida como un hombre de negocios con bastante dinero, así que debemos dar el ejemplo en ese mundo también —digo, al verla sumida en la lectura.

Ella asiente.

—Ada, esto no puede salir a la luz. Yo necesito respuestas y darte una protección adecuada. La única opción que vi, fue hacerte mi esposa. No creas que deseo esto con amor o porque me gustes. Además de que tu aspecto… es especial —admito.

—Tampoco estoy de acuerdo en esto, pero aquí estoy aguantando tus estupideces —me mira—. ¿Qué tiene mi aspecto que no te gusta?

—Eres diferente a las mujeres que están en la organización —respondo.

—Entonces seguiré siendo de esta manera —sonríe, dejando el celular en la mesa—. ¿Algo más, Don?

—Sí —alza una ceja—. Soy Fabrizio para ti. Te daré las libertades que tienen Alessandra y mi madre, solo que por esa razón me deberás lealtad. Un paso en falso de tu parte y considérate muerta. No quiero juegos. Soy sincero cuando digo que tendrás mi protección y fidelidad, pero no quiero fallas en esto. Además, por ninguna circunstancia debes enamorarte de mí porque te haré desear no haberme conocido.

—Te seré fiel y tendrás mi lealtad cuando vea que estoy a salvo en tu mundo. Sé que no te importa lo que digan en tu organización, así que agradezco tu acto de bondad —habla con sarcasmo—. No tendrás un paso en falso de mi parte porque soy una profesional. No soy la mala de esta historia —suspirando se levanta de la silla—. Tampoco puedes enamorarte de mí porque te llevarás la decepción más grande de tu vida. Mis emociones las controlo y te faltó mencionar algo, Fabrizio.

—¿Qué? —pregunto intrigado.

—No me tocarás ni una sola parte de mi cuerpo. No tienes permitido ponerme una mano encima a menos que sea una situación extrema —la miro con diversión—. Me das asco y no sabes el odio que te tengo en estos momentos. Ni creas que por tener este contrato nosotros nos acostaremos y si llegas a ponerme una mano encima sin mi consentimiento, atente a las consecuencias y considérate muerto.

Bajo su azulada mirada, me pongo de pie frente a ella, tomo el celular y lo guardo en mi bolsillo.

—Bella, no me amenaces que no estás en posición para hacerlo —acaricio su rostro, ella quita mi mano al sentir el tacto—. Siempre llevas las de perder. Una palabra o solo un error de tu parte y te juro que verás partir a la pequeña niña.

Su rostro perdió el color y tuvo que apoyarse con la silla para evitar caerse. Con eso di por terminada la reunión y partí del restaurante.

No le haría daño a un niño, pero tengo que ponerle límites y hacerla entender que conmigo no se juega, aunque le dé pequeñas libertades.

Necesito que confíe en mí para que me diga verdaderamente quien es ella.

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