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Pablo le colocaba a Erika un mechón de pelo tras la oreja. Sus ojos estaban enrojecidos por el llanto y eso la hacía parecer completamente humana, ni rastro del aquel fondo vacío que identificaba a los transformados.

Aquello le hizo recordar a Pablo que tenían que volver a la realidad, bajar de la nube en la que se encontraban ahora que habían vuelto a encontrar a sus familiares y ponerlos en tratamiento, dejar que se recuperaran y poder inyectarles para que, en parte, pudieran recuperar su vida normal.

—Vais directos al hospital, cariño —le decía Pablo a su mujer—, al menos os llevará una semana recuperaros, estáis desnutridos y deshidratados, sería muy peligroso procuraros la mortalidad en este estado. Tenéis que poneros fuertes.

Erika asentía. Las ambulancias y autobuses de la unidad médica habían ido fletándose hacia la capital con los t

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