Con el peso de Eduardo y Diego detrás, Isabella sabía perfectamente cómo fingir obediencia cuando le convenía. Estaba acostumbrada a esa estrategia; nunca sintió vergüenza al usarla. Para ella, pedir disculpas no era humillación.
Era un método para conseguir lo que quería. Además, si se había dignado a bajar la cabeza, entonces Sebastián —no, el tipo— tenía que complacerla. Eso era lo que daba por sentado.
Isabella esperó tranquila a que todo saliera como había imaginado. Pero su actitud ahora,