Alejandro por fin se relajó. Quería disfrutar del momento.
Aun así, no olvidó cuidarla; acomodó la pierna de Sofía para que no se hiciera daño y apoyó una mano suave en su espalda mientras le daba consuelo.
Después de llorar y desahogarse, Sofía estaba cansada, pero también aliviada.
Sí, había tristeza, pero lo que predominaba era la felicidad.
Su corazón se sentía libre, como si flotara.
Su ánimo era tan bueno como el día en que firmó el divorcio.
Cuando la emoción se calmó, la incomodidad apar