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Haggerty miró a la pareja muy complacido consigo mismo. Estaban sentados juntos en un mueble frente a él en su oficina de la Chrystal, y no le había pasado por alto los cuchicheos que se alzaban fuera mientras los tres hablaban. Ya una secretaria lo había interrumpido con la excusa de hacerle firmar un papel, sólo para echarle una buena ojeada a la pareja que mantenía sus manos entrelazadas.

—Bueno, sabía que al final me besarías los pies –se ufanó el anciano, perfectamente seguro de que si estaban unidos de nuevo era gracias a su “gestión”, como prefería llamar al secuestro de Duncan.

—No digas tanto. Me golpearon y casi me rompen los huesos, además, estuve enfermo tres días porque no tuviste la delicadeza de climatizar esa habitaci&oa

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