Robert siguió moviendo ese pequeño aparato sobre mi vientre, de vez en cuando apretaba algunos botones de la máquina, mi marido y yo vimos que estaba muy serio y no nos decía nada. Cuando apagó esa máquina, el doctor se quedó mirándonos, la enfermera me dio una toalla para limpiarme, Gerard y yo volvimos al consultorio junto con el doctor, sentados en las sillas, esperando que el doctor nos dijera cómo estaba el embarazo.
—Bueno Amanda, no te voy a engañar, tenemos que operar ese tumor lo antes