Cuando salí del baño y regresé a la mesa, noté la media sonrisa que Gerard tenía en sus labios, mientras se levantaba de su silla y abría mi silla para que me sentara.
—Dejarme coger en el baño de un restaurant, no está escrito en el contrato, Sr. Hills—, le susurré.
—Ahora no me digas que no te gustó, porque te escuché gemir de placer—, respondió.
Todas las noches después de contarle un cuento a mi hija y de que su padre y yo saliéramos de su dormitorio cuando ella ya se estaba quedando dor