Despierto con una sonrisa estúpida en mi rostro al ver a Bastián pegado a mi cuerpo, completamente dormido. Por primera vez en mucho tiempo me siento plena. Bastián abre sus ojos lentamente, regalándome una sonrisa que hace que yo también lo haga.
—Buenos días, mi niña.
—Deja de decirme "mi niña", que no soy una niña.
—Para mí sí, pero eso no es impedimento para desearte. –Este se monta encima mío, entre mis piernas, mientras comienza a besar mis labios de manera apasionada–. Dime que me deseas