La punta de su zapato se movió y hubo un crujido, ¡los huesos de la mano de Fabiola se quebraron!
—Fabiola— volvió a gritar de dolor. Ya debilitada, parecía estar al borde de la muerte.
—¡Te mereces morir por insultarla!— dijo Andrés, con una mueca en sus labios, aumentando la fuerza de su pisotón.
Fabiola ya no podía emitir sonido alguno, yacía en el suelo, completamente cubierta de sangre.
—¿Crees que lo he olvidado?— dijo Andrés, y en ese momento, el rostro de Fabiola palideció, parecía un ca