Desde el otro extremo se escuchó la voz de doña Galadriel:
—Don Andrés, aún no ha amanecido, pero la señorita Soto se fue en medio de la ventisca. La nevada es fuerte afuera, bajar de la montaña no es conveniente. Le pedí que se quedara un poco más, pero parecía tener prisa por algo, se fue apresurada. No importa cuánto la aconsejé, no escuchó y hasta me insultó diciendo que me metía demasiado en lo que no me importa.
Andrés frunció el ceño, y en el instante en que colgó el teléfono, se escuchó