—¡Así que agárrate bien!— Con esas palabras, el conductor pisó el acelerador, ¡aumentando la velocidad!
Al llegar a Monte Novaterra, Selene ni siquiera salió del coche. Miró al guardaespaldas parado en la entrada y le entregó el paquete directamente.
—Por favor, entrégaselo a Andrés.
El guardaespaldas no prestó mucha atención y respondió con displicencia:
—Hay al menos ochenta chicas que quieren entregar cosas a nuestro don Andrés cada semana. Llévatelo de vuelta; de lo contrario, terminará en