Ella quedó momentáneamente cegada por las luces del auto y no pudo ver quién estaba dentro. Justo cuando agarraba el volante, preparándose para pisar el acelerador y avanzar con decisión, una cabeza asomó desde el interior del vehículo.
—¡Señorita Soto! ¡Soy Damián!
Al ver que era Damián, Selene dejó escapar un suspiro de alivio, aflojando ligeramente su agarre en el volante.
—Señorita Soto, ¿se encontró con don Andrés?— preguntó apresuradamente Damián.
—Está en el auto, está herido. Llévalo ráp