Selene escuchó el débil grito de auxilio de Mariana, y en apenas unos segundos, su corazón le llegó a la garganta.
—¿Dónde estás ahora?— preguntó Selene.
La voz al otro lado del teléfono estaba llena de ruido.
—Yo... yo...
Selene siguió preguntando:
—Mariana, ¿dónde estás? ¿Me escuchas? ¡Mariana!
Pero no importaba cuánto llamara a su nombre Selene, Mariana no respondía.
El teléfono seguía conectado, así que Selene agarró las llaves del coche y salió rápidamente de la oficina.
—¿Patrona, a dónde