Selene entendía que Mariana era sincera, pero al fin y al cabo era hija de Rosa. Enfrentarse a ella le generaba sentimientos encontrados, especialmente después de las palabras de Fausto de ayer, lo que complicaba aún más las cosas.
—Ya es hora, puedes ir a recibirla— dijo Selene.
Mariana asintió.
—Selene, recuerda cuidarte— dijo antes de alejarse.
Selene observó cómo Mariana se iba, sus ojos se humedecieron involuntariamente, y su voz, suave pero llena de desaliento, resonó:
—Ustedes... son un