El llanto de Becky y Betty, como él las llamaba a pesar de que las pequeñas se referían a sí mismas como Beca y Beta, continuaba, y todo era peor si consideraba que la fiebre, que había aparecido algunos minutos atrás, parecía estarse elevando con el esfuerzo del llanto.
Ni siquiera sabía qué hacer, ya había llamado a un médico, pero la espera parecía interminable; además, en serio sentía que, cada minuto que pasaba, las cosas empeoraban.
El hombre intentó respirar profundo, necesitaba ideas y