—¡Maldición, princesa! ¡Me estaba ahogando sin ti…! —susurró Darío, sintiendo cómo ella se amoldaba suavemente a su cuerpo y gemía ante cada invasión de su lengua.
Vibraba contra su cuerpo, como siempre, como debía ser. Esa mujer era suya aunque estuviera enojada hasta el infinito y más allá. ¡Y él