—¡Maldición, Darío…! —Se ahogó pero una estocada potente del hombre la hizo volver a cerrar los ojos de gusto. Sintió una de sus manos contra su cadera, sosteniéndola para embestirla con fuerza mientras le dejaba caer otra sonora nalgada.
—¡Que nunca… jamás… se te ocurra dejarme… de nuevo…! —siseó