El comedor estaba bañado en una luz brillante y cálida, destacando la elegante decoración y resaltando la deliciosa comida dispuesta sobre la mesa.
Margaret ahí sentada en el extremo de la mesa, justo frente a Alexander, con una mirada cautelosa en sus ojos y una mezcla de desconfianza y temor palpable en el aire.
Los platos de desayuno, meticulosamente dispuestos, eran una obra de arte culinaria.
Las fresas frescas brillaban con un rojo intenso, los croissants recién horneados exhalaban un a