En esos precisos momentos, el tiempo parecía detenerse abruptamente para mí. Mi padre tosió sangre a un lado, agonizante. Estaba sufriendo y retorciéndose por el dolor, desparramado en la hierba reseca de las afueras de la mansión.
Cuando Mark me atacó, no me defendí, sino que me resigné y me entregué a la situación. Cerré los ojos, sin luchar ni oponer resistencia. El lobo cayó encima de mí y sus colmillos rasgaron lentamente mi cuello.
—Ahora, morirás Sara. —dijo él, con la misma voz con la q