A quedado agotada después de tanto frenesí y de tanta adrenalina. Su pequeño cuerpo yace en la cama, desnudo, libre y comodo en el colchón. Parecería que no hay nada en este mundo que pueda interrumpir su paz y serenidad, ni si quiera yo y mi mierda. No puedo descifrar que es lo que siento cuando la miro, al menos ahora, ahí, tumbada en la cama, dormida, se me infla el pecho de una clase de tranquilidad que casi nunca siento. Cuando la veo tiendo a olvidarme de mi tormentoso pasado. No hay nada