A Silvia se le aguaron los ojos, se apoyó en la ventana y rió suavemente:
—Hablas como si hubiera pasado mucho tiempo.
—Tres días, ¿acaso no me extrañaste?
—Ya te dije hace rato —Silvia pensó un momento y agregó—: Te extrañé.
Quería tocar su rostro, recostarse en su pecho, escuchar ese latido fuerte, tomar esa mano cálida.
Pero ahora solo podía poner su mano sobre la ventana fría, incapaz de cruzar la distancia de cuatro pisos para tocar esa palma que también se extendía hacia ella.
—No puedo al