Abel se acarició la mejilla, sus pupilas se dilataron, la tomó entre sus brazos y volvió a besarla.
—Te dije que por cada bofetada recibirías un beso mío —habló con voz ronca. Se mojó los labios saboreándolos—, además lo que yo proponía era que te quedaras en el camarote, no lo que piensas, ¡eres una chiquilla pervertida! —Carcajeó.
«Eres un idiota, encantador» pensó ella, sacudió su cabeza y lo empujó.
—Caras vemos, corazones no sabemos, eres un desconocido —expresó con sinceridad.
—Puedo