Malú no se quedó a cenar con su hermana y cuñado, salió de la casa de ellos, y condujo en dirección a su finca, con esa duda que se le clavaba en el pecho como una espina.
«¿Será que en verdad quieres tener hijos y te resignas por mi culpa?» cuestionó pensando en Abel, percibiendo su pecho agitado.
Aparcó el auto y se puso a caminar en medio de la oscuridad de la noche, en medio de los cafetales, se sentó en el tronco de un árbol.
—Cuando tocan ese tema, me siento seca, vacía —susurró hablan