Ese mismo rostro inocente y hermoso se repitió en mi mente durante todo el fin de semana.
Hiciera lo que hiciera, no podía dejar de pensar en ella. La suavidad de su cabello, la forma en que se derramaba sobre sus hombros cuando se soltaba de ese moño, esos cansados ojos avellana que, de alguna manera, aún lograban verse brillantes cada vez que sonreía.
No debí haberla obligado a quedarse hasta tarde.
Y en ese auto... Dios, estuve a punto de besarla. El impulso había sido tan fuerte que tuve qu