El final de la jornada laboral se había convertido en mi parte favorita del día. Aparte de esos raros días sin las constantes interrupciones de Oliver. Sabía que estaba siendo egoísta. Ella debería estar en casa, descansando como los demás, pero no me atrevía a dejarla marchar.
La observaba a través del cristal unidireccional de mi oficina, un hábito que se estaba volviendo frecuente. Ella no parecía molestarse por las horas extras, o tal vez era demasiado educada para quejarse, y de repente me